Galardón Alter Christus de animación parroquial | Mn. Jordi Doménech, de Barcelona: “El Evangelio sigue transformando vidas, también en Nou Barris”

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“En medio de tanto dolor, el Señor me regaló una alegría muy grande al poder entregarle mi vida como sacerdote”, recuerda Mn. Jordi Doménech sobre su ordenación en plena pandemia. Su trabajo en Nou Barris -donde acompaña a niños, jóvenes y familias en situaciones complejas- le ha valido uno de los Galardones Alter Christus por su dedicación a la animación de la vida parroquial.

Mn. Jordi Doménech (Barcelona, 1988) es vicario en la Comunidad Pastoral de Las Roquetas – Vía Júlia (Nou Barris), un barrio donde, afirma, ha descubierto “una humanidad y una generosidad enormes”. Ingeniero industrial y sacerdote desde 2020, ha impulsado iniciativas como LifeTeen, Edge y Cate Club, además de retiros, campamentos y espacios formativos para niños y adolescentes. Compagina su misión parroquial con la dirección del Secretariado de Vocaciones y la subdirección del área de Juventud de la Archidiócesis de Barcelona, además de ser formador del Seminario Interdiocesano de Cataluña. Su entrega al acompañamiento humano y espiritual de los jóvenes ha sido reconocida en los Galardones Alter Christus 2024.

 

Mn. Jordi Domenech recibe el galardón Alter Christus de manos de Betty Rivera, directora de las consagradas del Regnum Christi en España
Mn. Jordi Domenech recibe el Galardón Alter Christus de manos de Betty Rivera, directora de las consagradas del Regnum Christi en España.

 

Fue ordenado sacerdote en 2020, en plena pandemia. ¿Cómo vivió su vocación y su ordenación en un momento tan incierto?

Sí, me ordené en plena pandemia y lo viví con muchísima alegría. Fue un tiempo muy difícil para todos: la sociedad sufría, había mucha incertidumbre… y también nosotros lo vivimos así. La ordenación incluso se retrasó por las restricciones, pero, a pesar de todo, yo estaba profundamente ilusionado. Recuerdo ese día con la mascarilla puesta, pero con el corazón lleno de gozo. En medio de tanto dolor, el Señor me regaló una alegría muy grande al poder entregarle mi vida como sacerdote.

No deseo estar en otro lugar: esta comunidad es mi familia

En estos primeros años de ministerio ha estado profundamente involucrado en la vida parroquial de Nou Barris. ¿Qué significa para usted vivir la misión en un lugar como este de Barcelona?

Para mí, estar en Nou Barris ha sido una alegría inmensa. Llegué sin saber muy bien a dónde iba; me enviaron tras la muerte de Mn. Joan Cuadrench durante la pandemia, en medio del inicio de un nuevo proyecto pastoral. Conocía de nombre al sacerdote, pero poco más. Yo venía de Sarrià y, al principio, todo me resultaba muy distinto, casi otro mundo.

 

Recuerdo que la primera conversación con el rector, Mn. Miquel Álvarez, fue muy buena, y poco a poco fui descubriendo la realidad del barrio, conociendo a las personas, sus historias, sus problemas, sus hogares. Al principio me impresionó mucho la dureza de algunas situaciones, pero también encontré una humanidad y una generosidad enormes.

 

Con el tiempo hemos ido haciendo presente al Señor en todas las circunstancias, acompañando a las personas de la parroquia y, a través de la comunidad, ayudándolas a crecer: escuchándolas, queriéndolas, organizando cosas juntos, compartiendo la vida. Y por eso puedo decir que no deseo estar en otro lugar. Aunque ahora paso más tiempo en el seminario y colaboro allí, mi corazón sigue estando tanto en la parroquia como en el seminario. Las siento como mi familia. Me siento de ellos, y con ellos… y con Cristo, que está en medio de nuestra comunidad.

 

Celebrando la Eucaristía con niños de la parroquia
Celebrando la Eucaristía con niños de la parroquia.

 

En la parroquia han puesto en marcha iniciativas como LifeTeen, Edge o Cate Club, donde además de la oración se convive, se estudia y se acompaña a los jóvenes en su realidad concreta. ¿Qué frutos están viendo y qué papel tienen lo humano y lo comunitario en ese camino de fe?

Los frutos de estas actividades son de todo tipo, desde lo más humano hasta lo más espiritual. Muchos niños y adolescentes llegan con problemas de vivienda y alimentación, dificultades por consumo de drogas o alcohol, baja autoestima, desestructuración familiar o conflictos en la escuela. Cada uno trae su propia historia, su mochila, y procuramos acogerlos tal como son y acompañarlos en todo.

 

Primero los ayudamos a crecer en lo humano: que se sientan escuchados, valorados y sostenidos por una comunidad viva. Ofrecemos acompañamiento espiritual, ayuda psicológica, refuerzo escolar y apoyo a las familias. Y todo esto lo hacemos entre un equipo de sacerdotes, un diácono, seminaristas, voluntarios y personas del barrio que, después de haber recibido ayuda o haberse encontrado con el Señor, ahora ayudan a otros.

 

Desde ahí también crecen en lo espiritual, porque Dios es el regalo más grande que tenemos y nuestro deseo es que niños, adolescentes y familias puedan conocerlo, hacerlo amigo y vivir la alegría que solo Él da. Cuando los jóvenes experimentan esa felicidad en Dios, la llevan al barrio y, poco a poco, su entorno también se transforma. Aunque sigan existiendo problemas y alegrías, viven más felices porque sienten a Dios en su vida y encuentran un hogar donde compartir, convivir, estudiar, jugar y celebrar juntos.

 

Mn. Domenech recibe un abrazo en el día de su ordenación diaconal
Mn. Domenech recibe un abrazo de Cardenal Omella en el día de su ordenación diaconal.

 

Forma parte del área de pastoral juvenil de la Archidiócesis de Barcelona. ¿Qué desafíos y esperanzas ve hoy en la evangelización de los jóvenes en una gran ciudad como esta?

Veo una gran esperanza en los jóvenes, porque hay una comunidad viva que quiere encontrarse con el Señor. Cada vez más personas se acercan a la fe, se bautizan y muestran interés por conocer a Dios. Eso es un motivo enorme de alegría.

 

El desafío, para mí, es que aunque cada vez somos más, seguimos siendo un número muy pequeño comparado con toda la gente que vive en la ciudad. Creo que el cristianismo en Barcelona está en un momento bajo, casi tocando fondo, y que aún queda mucho por hacer.

 

Pero hay esperanza. No trabajamos por los números ni por cuántos somos. Lo importante es que los que estamos encontramos la felicidad y disfrutamos de la vida, y no vemos otro camino para ser más felices que cerca del Señor. Y eso, al final, atrae naturalmente a otros, porque el Evangelio nunca envejece; siempre es nuevo y siempre tiene fuerza para transformar vidas.

Dios actúa a través de una comunidad que sostiene y transforma

Como director del Secretariado de Vocaciones, acompaña a quienes se plantean una consagración. ¿Qué inquietudes percibe en los jóvenes de hoy que sienten la llamada de Dios?

Lo bonito de acompañar vocaciones es que la llamada no viene de ellos, sino de Dios. No se trata de que digan: “quiero ser un cristiano más perfecto”, porque todos estamos llamados a la santidad y todos luchamos por vivirla. Lo que ocurre es que algunos, de manera totalmente inmerecida, reciben una llamada a entregar todo su corazón a Dios, a vivir su vida de manera existencial para Él, sin que su corazón esté puesto en otra cosa que no sea Cristo. Es una entrega total, como la de los apóstoles o la del mismo Cristo; una vida dedicada a Dios y al anuncio del Reino, de forma sacramental y con todo el corazón.

 

A quienes acompaño, tanto seminaristas como personas que se están planteando su vocación, les surgen inquietudes personales, preguntándose qué pasa en su corazón y cómo reconocer la voz de Dios. Pero también aparecen inquietudes sociales: cómo llevar el amor de Dios a todos, desde las misiones hasta la sencillez del día a día, la pobreza, las enfermedades… todo el abanico de la existencia humana.

 

Todo esto es, en realidad, una muestra del corazón de Cristo, que busca llegar a todos, absolutamente a todos, sin excepción.

 

En Roma, con otro sacerdote y jóvenes de la diócesis
En Roma, con otro sacerdote y jóvenes de la diócesis de Barcelona.

 

Desde 2024 también es formador en el Seminario Interdiocesano. ¿Cómo se siente al acompañar a futuros sacerdotes siendo usted también un presbítero joven?

Me siento muy contento de poder acompañar a chicos que se están planteando ser sacerdotes. Soy formador del primer año y vivo con ellos de lunes a viernes, aunque algunos días me escapo a la parroquia por actividades entre semana. Es una suerte enorme, porque ellos llegan con muchísima ilusión y con toda la fuerza inicial de su vocación.

 

Estar con ellos y ayudarles a crecer, a descubrir su llamada tal y como son y a aprender a servir al Señor a través de la comunidad es una experiencia preciosa. Ver cómo se forman, cómo se acercan al Señor, conocer las experiencias interiores que tienen, ayudarles a discernir y ver cómo se preparan para llevar su fe a las comunidades en las que estarán en el futuro es muy gratificante. Me siento realmente agradecido y feliz de poder vivir este tiempo junto a ellos.

El Evangelio nunca envejece; siempre tiene fuerza para cambiar vidas

Recibe el galardón Alter Christus por su labor en la animación de la vida parroquial. ¿Qué significado tiene este reconocimiento para usted y para su comunidad?

Siendo sincero, no buscaba recibir ningún galardón, porque todo lo que hago lo hago por el Señor y, la verdad, me gusta pasar desapercibido. Lo consulté con algunos amigos y sacerdotes, lo llevé a la oración y finalmente sentí que el Señor me decía que sí. Entonces comprendí cómo recibirlo: no es un premio para mí, sino un reconocimiento de Dios actuando a través de esta comunidad.

 

Todo lo que se ha logrado no es mérito mío. Como he dicho antes, trabajamos en equipo: cuatro sacerdotes, un diácono, varios seminaristas y, sobre todo, todas las personas voluntarias que viven aquí, que dedican tiempo y esfuerzo a la parroquia: monitores, catequistas, colaboradores de la pastoral social, de Cáritas… Se ha formado un verdadero equipo, y este premio es de todos, no solo mío.

 

Lo recibo con alegría, sabiendo que señala la acción de Dios en la tierra, en comunidades concretas, y que pone de relieve la fuerza de la comunidad y la presencia de Cristo en medio de nosotros.

 

Mn. Jordi Domenech con un grupo de niños de Primera Comunión de su parroquia
Mn. Jordi Domenech con un grupo de niños de Primera Comunión de su parroquia.

 

¿Qué le mueve interiormente a entregarse con tanta energía a la pastoral juvenil y vocacional? ¿Qué es lo que le da fuerza?

No es un “qué”, es un “quién”. Quien me da fuerza es Cristo.

 

Él es Dios, y su vida, su entrega y su amor incondicional son lo que han llenado y transformado mi corazón. Y eso es lo que me ha enamorado: saber que Él es mi Padre y yo su hijo, y vivir una relación verdadera y auténtica con Él. Eso es mi motor. Y junto a Él, la Virgen María y algunos santos amigos míos también me acompañan.

 

A partir de esa base, me mueve también ver cómo Dios puede sanar, levantar, traer luz y alegría a la vida de las personas. Su corazón desea llegar a todos, incluso a quienes lo ignoran. Él tiene sed de todos, porque somos sus hijos y su corazón no es indiferente a ello. Él cuenta con nosotros para llegar al mundo entero, y es Él quien me envía. Y ese envío también es lo que me mueve; no es mi idea, es su envío.

 

En este envío, mi esfuerzo no es solo dar conocimiento sobre Dios, sino, sobre todo, ayudar a que cada persona viva una relación real y transformadora con Él, que es lo que a Él verdaderamente le importa.

 

La fuerza para todo ello la saco de dos pilares fundamentales que me ayudan a estar y relacionarme con Cristo:

 

El primero, la oración y los sacramentos que nos da la Iglesia. Ahí hablo con Él y lo recibo a Él mismo: su amor, su gracia y su perdón. También con mi relación con la Virgen María y los santos que me ayudan.

 

El segundo son mis amigos y hermanos, que me ayudan a reconocer a Cristo en ellos y en mi vida. También son mi descanso y mi fuerza. Entre ellos destaco, sobre todo, a mis amigos sacerdotes; también a mi madre, a mis hermanos y a mi comunidad creciente. Con todos ellos formo mi familia; son mi pilar y mi lugar de encuentro -¡también real!- con Cristo. Con ellos vivimos juntos la fe, nos ayudamos a seguirle y aprendemos a reconocerle cada día en nuestra vida y en la de todas las personas con las que nos encontramos.

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